
Me arrastraste al infierno y lo hiciste sin ninguna contemplación. Pero lo cierto es, que allí no se está tan mal. Todo ardía, las llamas bailaban a nuestro alrededor y aún así, tú y tu sonrisa os empeñabais en calentar más el ambiente. Tus yemas se paseaban por mi piel, tus mentiras se deslizaban entre tus labios. No te negaré que solía saber cuando me engañabas y a pesar de ello, decidí ignorarlo, decidí dejarme consumir, dejarme arrastrar allí, al templo del pecado, la casa de la mentira, de la lujuria...
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